"La felicidad es indefinible, pero es también una evidencia irrefutable cuando se la ha experimentado. Dice Ladislaus Boros que si pudiéramos describir la felicidad, "habríamos descubierto la lengua para hablar sobre el cielo" y se lamenta del contraste que existe entre la habitual elocuencia del hombre para referirse al dolor y su pobreza expresiva para hablar de la alegría. Pero si bien es imposible decir lo que la felicidad es, se puede, en cambio, indicar lo que no es, mostrando de este modo indirecto tanto lo que nos aleja de ella como lo que nos permite alcanzarla. Ya Séneca enseñaba que todos los hombres quieren vivir felices, pero que en su búsqueda de la felicidad van a tientas y que no es fácil lograrla, si han errado el camino. De hecho, cada cual parecería concebirla a su manera. Muchos la buscan en el éxito y en los logros exteriores; en la gloria y en el poder del mundo. Otros, en el placer y en la satisfacción sensual de los apetitos. Sólo algunos la perciben como el premio de la plenitud de una vida y de la autorealización personal. El bien, señaló Aristóteles, es casi indefinible, porque es diferente para los distintos hombres. Y Ortega decía que todo lo que el hombre hace lo hace para ser feliz y que, precisamente por eso, las circunstancias, de su felicidad nos permiten conocer "el íntimo perfil de su yo". Tal vez ningún propósito humano defina mejor, con mayor hondura y sutileza, la calidad del nivel de ser de una vida, que su personal búsqueda de la felicidad."
El temor y la felicidad - Sergio Peña y Lillo
" Ninguna aventura de la imaginación tiene más valor literario que el más insignificante episodio de la vida cotidiana" Gabriel García Márquez
viernes, 25 de marzo de 2016
una búsqueda que nos define
viernes, 18 de marzo de 2016
cuando la sangre es alegría
"Yo era pequeña y delgada y bastante egocéntrica, perdida en divagaciones y sueños. Buenas notas y un gran aburrimiento. A veces mis pechos eran los guantes de mamá que rellenaban un sujetador comprado con mis ahorros. Clases de gimnasia, de las que la mayor parte de las niñas se excusaban una vez al mes alegando "el motivo de siempre" con voz indiferente cuando oían que las llamaban por sus nombres. Y como nunca me pasaba a mí, fingía que me había pasado, pero nunca podía llevar bien la cuenta de las fechas. Durante todo un año fui la impostora, sin darme cuenta que todas las demás lo sabían, sólo que la profesora les había pedido que tuviesen tacto e hicieran como si no lo supieran.
"El motivo de siempre": la mágica expresión que distingue a las iniciadas separándolas de las demás. Y, finalmente, llega el momento ¡Qué felicidad! ¡Qué agonía! La mujer feliz, cuando las primeras manchas de sangre la apartan de la tierra de la inocencia para trasladarla a un mundo cada vez más lleno de misterios."
Senderos - Liv Ullman
"El motivo de siempre": la mágica expresión que distingue a las iniciadas separándolas de las demás. Y, finalmente, llega el momento ¡Qué felicidad! ¡Qué agonía! La mujer feliz, cuando las primeras manchas de sangre la apartan de la tierra de la inocencia para trasladarla a un mundo cada vez más lleno de misterios."
Senderos - Liv Ullman
viernes, 11 de marzo de 2016
acciones realistas
"Desde la muerte de mi madre, cada vez que venía a Conneticut a pasar una temporada con nosotros nos traía algo en una bolsa de papel o de la compra o en una maletita normal y corriente que llevaba a su lado durante las tres horas que tardaba en traerlo el conductor local que, por encargo nuestro, lo recogía en Elizabeth. Dejando aparte los vasos de jerez, por lo general eran regalos que les había hecho yo a mi madre y a él, o que les habíamos hecho Claire y yo, y que ahora, años más tarde, nos iba devolviendo, como si sólo se los hubiéramos dejado en préstamo, o a título de depósito. "Ahí van las servilletas" "Las de Irlanda" [...] "También va un mantel" añadía "de España", 1971. La Barcelona de Gaudí. [...] Al principio, cuando yo aún me resistía, explicándole "Pero si son tuyos, son regalos que te hicimos", él replicaba, sin pasársele siquiera por la cabeza que pudiera haber una brizna de insulto en su descarga de objetos: "Y ¿para qué diablos los quiero yo? Mira qué reloj. Un reloj precioso, regalo de alguien. Debió de costar una fortuna. ¿De qué me sirve a mí?
El reloj había costado unos doscientos dólares, en la Hungría de 1973. Se lo había regalado yo a mi madre: un relojito de porcelana, de un diseño floral que a ella le gustaba mucho, que compré en un anticuario de Budapest, cuando iba de regreso a casa, en primavera, tras haber estado en Praga visitando a unos amigos. Pero lo acepté sin decir nada. Poco a poco, fui recogiéndolo todo, sin que dejara de sorprenderme, en cada ocasión, la poca relevancia que para él tenía el valor sentimental -y material también - de unas cosas que le habían entregado las personas a quienes él más quería, como muestra de su afecto. Resultaba extraño, me decía yo, descubrir esta laguna concreta en un hombre para quien, al mismo tiempo, las obligaciones familiares constituían una tiranía emocional; o quizá no hubiera de qué extrañarse ¿cómo podían esos objetos, meras representaciones, llevar dentro, para él, la todopoderosa fuerza de los vínculos familiares? Cosa por cosa, lo fui recogiendo todo, como un encargado de departamento de devoluciones de unos grandes almacenes de primera clase a quien han dado instrucciones de no rechistar, pero preguntándome si lo que él pensaba, en realidad, mientras envolvía los regalos en periódicos viejos y los metía en cajas de todo tipo, era que así no tendríamos tantas posesiones suyas de que ocuparnos después del entierro. Mi padre podía ser despiadadamente realista, pero yo también podía serlo, en no poca medida, porque no en balde era su hijo."
Patrimonio: una historia verdadera - Philip Roth
El reloj había costado unos doscientos dólares, en la Hungría de 1973. Se lo había regalado yo a mi madre: un relojito de porcelana, de un diseño floral que a ella le gustaba mucho, que compré en un anticuario de Budapest, cuando iba de regreso a casa, en primavera, tras haber estado en Praga visitando a unos amigos. Pero lo acepté sin decir nada. Poco a poco, fui recogiéndolo todo, sin que dejara de sorprenderme, en cada ocasión, la poca relevancia que para él tenía el valor sentimental -y material también - de unas cosas que le habían entregado las personas a quienes él más quería, como muestra de su afecto. Resultaba extraño, me decía yo, descubrir esta laguna concreta en un hombre para quien, al mismo tiempo, las obligaciones familiares constituían una tiranía emocional; o quizá no hubiera de qué extrañarse ¿cómo podían esos objetos, meras representaciones, llevar dentro, para él, la todopoderosa fuerza de los vínculos familiares? Cosa por cosa, lo fui recogiendo todo, como un encargado de departamento de devoluciones de unos grandes almacenes de primera clase a quien han dado instrucciones de no rechistar, pero preguntándome si lo que él pensaba, en realidad, mientras envolvía los regalos en periódicos viejos y los metía en cajas de todo tipo, era que así no tendríamos tantas posesiones suyas de que ocuparnos después del entierro. Mi padre podía ser despiadadamente realista, pero yo también podía serlo, en no poca medida, porque no en balde era su hijo."
Patrimonio: una historia verdadera - Philip Roth
viernes, 4 de marzo de 2016
a strange dimension
Time is of the essence and yet there is no sense of time. Not as we know it. No fear of the coming, inevitable unknown; these are prehistoric creatures of the present, 300 years in the making. An order older than dinosaurs. Time to them is in the frequencies of the surrounding birdsong, the fluttering of wings, the sun moving through the foliage, the colours that move across their compound eyes, the vibrations that spill down from a passing heron's croak. Light spills down too, a hot afternoon light that fractures the wood, falling in shards between trees and water. The infinite motion of the river runs in one direction; the endless flux of sky meeting wood in another, and into this strange dimension, as though an irresistible force possesses them, the spinners* rise on stained-glass wings, like angels.
* spinner - adult mayfly
Common ground - Rob Cowen
* spinner - adult mayfly
Common ground - Rob Cowen
sábado, 27 de febrero de 2016
cada cosa a su tiempo
"Si cada uno de los instantes de nuestra vida se va a repetir infinitas veces, estamos clavados a la eternidad como Jesucristo a la cruz. La imagen es terrible. En el mundo del eterno retorno descansa sobre cada gesto el peso de una insoportable responsabilidad. Ese el el motivo por el cual Nietzsche llamó a la idea del eterno retorno la carga más pesada (das schwerste Gewicht). Pero si el eterno retorno es la carga más pesada, entonces nuestras vidas pueden aparecer, sobre ese telón de fondo, en toda su maravillosa levedad.
¿Pero es de verdad terrible el peso y maravillosa la levedad?
La carga más pesada nos destroza, somos derribados por ella, nos aplasta contra la tierra. Pero en la poesía amatoria de todas las épocas la mujer desea cargar con el peso del cuerpo del hombre. La carga más pesada es por lo tanto, la imagen de la más intensa plenitud de la vida. Cuanto más pesada sea la carga, más a ras de tierra estará nuestra vida, más real y verdadera será.
Por el contrario, la ausencia absoluta de carga hace que el hombre se vuelva más ligero que el aire, vuele hacia lo alto, se distancie de la tierra, de su ser terreno, que sea real sólo a medias y sus movimientos sean tan libres como insignificantes.
Entonces ¿qué hemos de elegir? ¿El peso o la levedad?
Este fue el interrogante que se planteó Parménides en el siglo sexto antes de Cristo. A su juicio todo el mundo estaba dividido en principios contradictorios: luz-oscuridad, sutil-tosco, calor-frío, ser-no ser. Uno de los polos de la contradicción era, según él, positivo (la luz, el calor, lo fino, el ser), y el otro negativo. Semejante división entre polos positivos y negativos puede parecernos puerilmente simple. Con una excepción: ¿qué es lo positivo, el peso o la levedad?
Parménides respondió: la levedad es positiva, el peso es negativo.
¿Tenía razón o no? Es una incógnita. Sólo una cosa es segura: la contradicción entre peso y levedad es la más misteriosa y equívoca de todas las contradicciones."
La insoportable levedad del ser - Milan Kundera
¿Pero es de verdad terrible el peso y maravillosa la levedad?
La carga más pesada nos destroza, somos derribados por ella, nos aplasta contra la tierra. Pero en la poesía amatoria de todas las épocas la mujer desea cargar con el peso del cuerpo del hombre. La carga más pesada es por lo tanto, la imagen de la más intensa plenitud de la vida. Cuanto más pesada sea la carga, más a ras de tierra estará nuestra vida, más real y verdadera será.
Por el contrario, la ausencia absoluta de carga hace que el hombre se vuelva más ligero que el aire, vuele hacia lo alto, se distancie de la tierra, de su ser terreno, que sea real sólo a medias y sus movimientos sean tan libres como insignificantes.
Entonces ¿qué hemos de elegir? ¿El peso o la levedad?
Este fue el interrogante que se planteó Parménides en el siglo sexto antes de Cristo. A su juicio todo el mundo estaba dividido en principios contradictorios: luz-oscuridad, sutil-tosco, calor-frío, ser-no ser. Uno de los polos de la contradicción era, según él, positivo (la luz, el calor, lo fino, el ser), y el otro negativo. Semejante división entre polos positivos y negativos puede parecernos puerilmente simple. Con una excepción: ¿qué es lo positivo, el peso o la levedad?
Parménides respondió: la levedad es positiva, el peso es negativo.
¿Tenía razón o no? Es una incógnita. Sólo una cosa es segura: la contradicción entre peso y levedad es la más misteriosa y equívoca de todas las contradicciones."
La insoportable levedad del ser - Milan Kundera
viernes, 19 de febrero de 2016
certezas
"Encontré respeto cuando me volví independiente, dejé de aferrarme. Conseguí que mi propia felicidad no dependiera desesperadamente de los demás.
Se desvanecieron las esperanzas y exigenciasa en la conducta de los demás para alcanzar mi propia seguridad. No totalmente. Pero, nunca volví al estado anterior.
El dolor se convirtió -si se quiere- en alegría.
Creo que ciertas experiencias son ahora menos frecuentes, pero llevo una vida más armoniosa.
Así es como funciona para mí.
Creo que esa felicidad abrumadora, cuando todo el mundo está lleno de fragancia y el sol brilla y uno se siente casi inconsciente por efecto de la emoción, me sobreviene con menos frecuencia.
Pero existe. Siempre tendré conciencia de que existe. Sin embargo, no me preocupa que no forme parte de mi vida cotidiana.
Ya no creo en un estado permanente de felicidad. ¿Cómo puede medirse la felicidad?
Yo creo que es bueno reconocer el sentido del momento y saber aceptarlo como un regalo.
Doy a luz a un niño por primera vez. Este suceso de proporciones ilimitadas no se repetirá, pero engrandece todo lo que llegaré a sentir más tarde.
Me siento a la luz de una vela y creo que nunca hubiera percibido su llama temblorosa como lo hago ahora si no hubiera visto a Linn venir al mundo.
Abandoné Farö y mis raíces no pudieron aferrarse a la tierra, pero están plantadas para siempre en las experiencias que me aportó la isla.
La felicidad no es el único don. Creo que acepto eso.
Yo creo que éste es el cambio más importante que he experimentado."
Senderos - Liv Ullman
Se desvanecieron las esperanzas y exigenciasa en la conducta de los demás para alcanzar mi propia seguridad. No totalmente. Pero, nunca volví al estado anterior.
El dolor se convirtió -si se quiere- en alegría.
Creo que ciertas experiencias son ahora menos frecuentes, pero llevo una vida más armoniosa.
Así es como funciona para mí.
Creo que esa felicidad abrumadora, cuando todo el mundo está lleno de fragancia y el sol brilla y uno se siente casi inconsciente por efecto de la emoción, me sobreviene con menos frecuencia.
Pero existe. Siempre tendré conciencia de que existe. Sin embargo, no me preocupa que no forme parte de mi vida cotidiana.
Ya no creo en un estado permanente de felicidad. ¿Cómo puede medirse la felicidad?
Yo creo que es bueno reconocer el sentido del momento y saber aceptarlo como un regalo.
Doy a luz a un niño por primera vez. Este suceso de proporciones ilimitadas no se repetirá, pero engrandece todo lo que llegaré a sentir más tarde.
Me siento a la luz de una vela y creo que nunca hubiera percibido su llama temblorosa como lo hago ahora si no hubiera visto a Linn venir al mundo.
Abandoné Farö y mis raíces no pudieron aferrarse a la tierra, pero están plantadas para siempre en las experiencias que me aportó la isla.
La felicidad no es el único don. Creo que acepto eso.
Yo creo que éste es el cambio más importante que he experimentado."
Senderos - Liv Ullman
viernes, 12 de febrero de 2016
amor joven
"Cierta primavera, una repentina e inesperada riada soltó los hielos
del río Berounka antes que las de otros ríos, y cerca del pueblo de
Modrany se creó una enorme barrera de hielo que amenazaba con una
inundación. Tuvieron que acudir los soldados y partir a tiros los
témpanos de hielo amontonados. Las detonaciones se sentían hasta en
Praga y los puentes estaban repletos de gente.
Yo también miraba desde un puente, lleno de curiosidad, la desierta pista de hielo donde precisamente aquel invierno iba a patinar casi a diario. A veces incluso con una encantadora muchacha, que llevaba un precioso peinado pero ya un poco pasado de moda. Dos moñitos color avellana sobre las orejitas. Se entregó a mí y a mi dudoso arte de patinar y cogidos de la mano circulábamos por la espaciosa pista. Estaba limitada por la nieve barrida, y en las esquinas había unos frescos árboles de Navidad, adornados con cintas de papel coloreado.
Sobre el largo banco en que atábamos los patines o nos calzábamos los zapatos con patines había también un viejo tocadiscos, con una enorme trompeta azul celeste. Al lado estaba una barraca, en la que cobraban una entrada mínima y preparaban el té.
Al cabo de un momento, después de las detonaciones, llegaron las primeras olas y, con un tremendo estampido, se rompió la placa de hielo sobre la superficie. Fue un espectáculo fascinante. Los abetos cayeron a la corriente y los témpanos de hielo, que jugaban flotando, a veces los sujetaban y los ponían de pie con sus cantos, llevándoselos luego a toda prisa. Pero también se llevaban todo lo demás. Incluso la alegría de los momentos fugaces en que se sentía muy dentro la proximidad de una chica bonita y el placer de circular con elegancia; al menos, eso me parecía a mí. [...] Con el hielo flotante se me escapaba también la jovencita, y en el preciso momento en que ya estaba a punto de enamorarme de ella. Después de una larga vacilación, me reveló su nombre. Confesó que vivía en el barrio de Hradcany, pero no me dijo dónde. Manifestó de paso que estudiaba en el instituto, pero no me dijo cuál. Me permitió acompañarla al barrio de Klarov. Allí se subió a un tranvía, me sonrió dulcemente, y no la vi hasta al cabo de unos días, cuando la descubrí, feliz, entre la muchedumbre de gente que patinaba en el hielo. Tenía miedo de su estricta madre, que la cuidaba como oro en paño y que seguramente le tenía prohibido patinar, y le asustó la idea irreflexiva de esperarla delante de su casa. [...] Es verdad que lo de patinar no era mi fuerte, pero en cambio sabía hablar bien. Y por eso no dudaba que lograría convencer a la chica. Como ya he revelado la primavera se me anticipó.
La muchacha se marchó flotando con las aguas primaverales. ¡Lástima! Así que sólo me quedaron los recuerdos de cómo me arrodillaba a sus pies y le abrochaba torpemente las botas altas, lamentando que las botas de patinar no fueran más altas todavía.
Tuve la suerte de, puesto de rodillas, entrever bajo su falda plisada, allí donde acababa la media, un pequeño círculo de su desnudez que involuntariamente dejaba descubierta la orla de su media, un poco arrugada. Aquél era el único premio por mis servicios y por las bellas palabras que susurraba entre aquellos dos moñitos.
Cuando al atardecer ya había llevado a la chica al banco, se me aparecía en la oscuridad el círculo luminoso que en el cielo del cuerpo de la muchacha me hacía pensar en la luna creciente."
Toda la belleza del mundo - Jaroslav Seifert
Yo también miraba desde un puente, lleno de curiosidad, la desierta pista de hielo donde precisamente aquel invierno iba a patinar casi a diario. A veces incluso con una encantadora muchacha, que llevaba un precioso peinado pero ya un poco pasado de moda. Dos moñitos color avellana sobre las orejitas. Se entregó a mí y a mi dudoso arte de patinar y cogidos de la mano circulábamos por la espaciosa pista. Estaba limitada por la nieve barrida, y en las esquinas había unos frescos árboles de Navidad, adornados con cintas de papel coloreado.
Sobre el largo banco en que atábamos los patines o nos calzábamos los zapatos con patines había también un viejo tocadiscos, con una enorme trompeta azul celeste. Al lado estaba una barraca, en la que cobraban una entrada mínima y preparaban el té.
Al cabo de un momento, después de las detonaciones, llegaron las primeras olas y, con un tremendo estampido, se rompió la placa de hielo sobre la superficie. Fue un espectáculo fascinante. Los abetos cayeron a la corriente y los témpanos de hielo, que jugaban flotando, a veces los sujetaban y los ponían de pie con sus cantos, llevándoselos luego a toda prisa. Pero también se llevaban todo lo demás. Incluso la alegría de los momentos fugaces en que se sentía muy dentro la proximidad de una chica bonita y el placer de circular con elegancia; al menos, eso me parecía a mí. [...] Con el hielo flotante se me escapaba también la jovencita, y en el preciso momento en que ya estaba a punto de enamorarme de ella. Después de una larga vacilación, me reveló su nombre. Confesó que vivía en el barrio de Hradcany, pero no me dijo dónde. Manifestó de paso que estudiaba en el instituto, pero no me dijo cuál. Me permitió acompañarla al barrio de Klarov. Allí se subió a un tranvía, me sonrió dulcemente, y no la vi hasta al cabo de unos días, cuando la descubrí, feliz, entre la muchedumbre de gente que patinaba en el hielo. Tenía miedo de su estricta madre, que la cuidaba como oro en paño y que seguramente le tenía prohibido patinar, y le asustó la idea irreflexiva de esperarla delante de su casa. [...] Es verdad que lo de patinar no era mi fuerte, pero en cambio sabía hablar bien. Y por eso no dudaba que lograría convencer a la chica. Como ya he revelado la primavera se me anticipó.
La muchacha se marchó flotando con las aguas primaverales. ¡Lástima! Así que sólo me quedaron los recuerdos de cómo me arrodillaba a sus pies y le abrochaba torpemente las botas altas, lamentando que las botas de patinar no fueran más altas todavía.
Tuve la suerte de, puesto de rodillas, entrever bajo su falda plisada, allí donde acababa la media, un pequeño círculo de su desnudez que involuntariamente dejaba descubierta la orla de su media, un poco arrugada. Aquél era el único premio por mis servicios y por las bellas palabras que susurraba entre aquellos dos moñitos.
Cuando al atardecer ya había llevado a la chica al banco, se me aparecía en la oscuridad el círculo luminoso que en el cielo del cuerpo de la muchacha me hacía pensar en la luna creciente."
Toda la belleza del mundo - Jaroslav Seifert
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