domingo, 10 de mayo de 2015

recuerdos blanquísimos

"Estoy cárdeno. Mientras me peino, advierto al espejo que mis ojeras se han amoratado aún más, y que, sobre los angulosos cobres de mi rostro rasurado se contrae la tez acerbamente.
Estoy viejo. Me paso la toalla por la frente, y un rayado horizontal en resaltos de menudos pliegues, acentúase en ella, como pauta de una música fúnebre, implacable... Estoy muerto.
Mi compañero de celda ha levantado temprano y está preparando el té  que solemos tomar cada mañana, con el pan duro de un nuevo sol sin esperanza.
Nos sentamos después a la desnuda mesita, donde el desayuno humea melancólico, dentro de dos porcelanas sin plato. Y estas tazas a pie, blanquísimas y  limpias, este pan aún tibio sobre el breve y arrollado mantel, todo este aroma matinal y doméstico, me recuerda mi paterna casa, mi niñez santiaguina, aquellos desayunos de ocho y diez hermanos de mayor a menor, como los carrizos de una antara, entre ellos yo, el menor de todos, parado junto a la mesa del comedor, engomado y chorreando el cabello, que acababa de peinar a la fuerza una de las hermanitas; en la izquierda mano un bizcocho entero ¡había de ser entero! y con la derecha de rosadas falangitas, hurtando a escondidas el azúcar de la azucarera, de granito en granito...
¡Ay!, el pequeño que así tomaba el azúcar a la buena madre, quien, luego de sorprenderle, se ponía a acariciarle, alisándole los repulgados golfos frontales.
- Pobrecito mi hijo. Algún día  no tendrá a quién hurtarle azúcar, cuando él sea grande, y haya muerto su madre.
Y acababa el primer yantar del día, con dos ardientes lágrimas de madre, que empapaban mis trenzas nazarenas."

Novelas y Cuentos completos - César Vallejo

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